Vannebar Bush: ¿Cómo podríamos pensar?

Ante la aritmética acumulación de conocimiento que vivimos -a la que no nos resistimos sino que todos celebramos- a veces es necesario sacudir el polvo. Hay ideas geniales pensadas mucho tiempo atrás, olvidadas bajo enormes capas de ácaros. Es así como decidimos agarrar el plumero y hacer brillar a Vannebar Bush, pilar de la lógica digital contemporánea.

Para ello presentamos un extracto del trabajo de ascenso de Andrea Hoare Madrid (Implicaciones de la lógica digital en la comunicación de las organizaciones contemporáneas: Inteligencia de colaboración y orden meritocrático), en el cual analiza el impacto de Bush, un científico que adolorido por haber liderado la ciencia bélica del Gobierno de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial, decidió orientar su pensamiento hacia la paz y enseñarnos cómo mejorar el mundo a punta de conocimiento conectado e inteligencia de colaboración.

Extensión de la memoria

A diferencia de otros “profetas” de los ochenta, como Nicholas Negroponte o William Mitchell, que vaticinaban desde una época más gentil para las utopías -y además caminando por los pasillos del MIT, donde se concretaban ante sus ojos las promesas digitales- Vannebar Bush vivió la decepción de posguerra, época en la que cualquier futurible resultaba una pesadilla distópica. A esto hay que sumarle su remordimiento por haber sido un gerente de la guerra, pues en efecto, como Director de la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico del gobierno estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, fue el líder de más de seis mil científicos encargados del desarrollo de armamentos. En otras palabras, Bush dirigió la invención de artilugios que hicieran la guerra más eficiente. En este contexto se enaltece aún más el valor y honestidad de su trabajo que nos sugiere Cómo podríamos pensar.

Bush empieza su texto planteando que, una vez terminada la guerra, es tiempo de invertir en ideas pacíficas que aumenten el poder mental de las personas en vez del poder físico: “En este momento tenemos en nuestro poder instrumentos que, desarrollados de manera adecuada, pueden proporcionar al género humano el acceso y el control sobre el conocimiento que hemos ido heredando a lo largo de toda nuestra historia”, explica en la introducción de su ensayo As we may think publicado en la revista cultural norteamericana The Atlantic Monthly en 1945 y recién traducido al castellano ¡en 2001! por la Revista de Occidente fundada por Ortega y Gasset.

Valga la digresión para soportar, con este dramático ejemplo, el determinismo del lenguaje que debemos encargarnos de superar por el bien de la academia y en general por el bienestar de cualquier comunidad de conocimiento. Es preciso desarraigar concepciones retrógradas, basadas en nociones de transculturación o proyectos imperialistas, y estimular en nuestras aulas el aprendizaje instrumental de idiomas. Especialmente del inglés, hoy lengua franca que facilita el acceso a la generación de conocimiento en tiempo real, que por su velocidad de expansión vuelve anacrónico cualquier intento de traducción, por más rápido y bienintencionado que sea.

Regresando a Bush, nos encontramos con un hombre que sobreponiéndose a su entorno posbélico proyecta el Memex, idea que hoy en día es considerada por muchos como la precursora de la Web. Este científico imaginó una máquina capaz de extender la memoria (Memory Extension), que pondría cualquier publicación del mundo encima del escritorio y permitiría el acceso universal al conocimiento. Más de medio siglo después, con Internet se demostraría la brillantez de esta visión, que entendía a la innovación tecnológica como metáfora del pensamiento.

En su escrito podemos comprobar que, si bien era un hombre dedicado a tareas prácticas, su mente era la de un epistemólogo preocupado por el manejo de información. A Bush lo alarmaba particularmente la paralización generada por la producción exponencial de conocimiento, debida entre otras cosas a la creciente especialización. A su entender, el número de publicaciones ya había desbordado la capacidad de asimilar los nuevos hallazgos: “La suma de las experiencias del género humano está creciendo de una manera prodigiosa y resulta paradójico que los medios que utilizamos para avanzar a través de la maraña de informaciones sean los mismos empleados en los días de la navegación a vela” (2001: 3).

Para el científico, los modos de clasificar y archivar la información, eran la causa de las dificultades al momento de su recuperación. Para que un dato sea útil, explica, “ha de estar en continua ampliación, almacenado en algún lugar y, lo que es aún más importante, ha de poder ser consultado” (2001: 4). El origen del problema estaría en la artificialidad de los sistemas de índices, estructurados tradicionalmente por categorías alfabéticas o numéricas.

Otra dificultad es que los datos tengan ubicaciones determinadas, siendo muchas de ellas callejones sin salida. Bush explica que cuando encontramos un dato, debemos dejarlo a un lado, salir del sistema y tomar una nueva ruta para ir por otro dato. “La mente humana -se lamenta Bush- no funciona de esta manera, sino por asociación. Cuando un hecho o una idea ocupa el pensamiento, nuevas conexiones se establecen por asociación, de acuerdo a una intrincada red organizada por las células nerviosas” (2001: 14). Lo ideal sería entonces desarrollar la capacidad para enlazar elementos distintos y de una manera inmediata y automática.

De aquí surge su idea más iluminada y base de la lógica hipertextual: la construcción del Memex, una máquina que nos liberaría de la prisión de los sistemas artificiales de recuperación de información y que potenciaría nuestra naturaleza asociativa. El sueño de Bush era tornar más humana la relación con la información, tratando de replicar el proceso mental de manera mecánica, con el entonces utópico memex. Ahora bien, este ingeniero estaba muy claro de que no es posible substituir mecánicamente el pensamiento maduro, estableciendo una clara diferencia entre el pensamiento creativo y el pensamiento repetitivo. No obstante, está seguro que la selección por asociación, y no por indexación, sí puede ser mecanizada.

“Cuando el usuario está construyendo una pista o sendero de información, inserta los nombres correspondientes en su libro de códigos y los llama mediante el teclado, tras lo cual aparecen delante de su vista, proyectados en dos visores adyacentes (…) El usuario, con pulsar tan solo una tecla hace que los dos elementos queden enlazados de manera permanente” (2001: 16). Basta leer este párrafo para atestiguar cómo un hombre, hace más de medio siglo, anticipó los tags (etiquetas), la base de la introducción, clasificación y recuperación de la información actual.

Los tags no son más que palabras clave que describen contenidos, lo que en lenguaje técnico es llamado metadata. La peculiaridad de estas palabras, es que concretan la visión de Bush al ser descriptores simples, definidos por el usuario de manera asociativa e incorporados fácilmente gracias a las bondades de una tecnología llamada XML (Extensible Markup Language). Esta facilidad permite separar la introducción del contenido de la programación del formato, potenciando la participación del usuario al no requerirse el manejo de complejos códigos.

“El XML abrió el camino para la revolución generada por el usuario que hoy estamos atravesando” (Wesch, 2007: 30). Ya no es necesaria la experticia en sistemas clasificatorios o programación para dar puerta franca a cualquier usuario, librando el acceso al almacenamiento y recuperación de información a la simple y eficiente lógica del pensamiento asociativo.

La belleza epistemológica de este proceso es que a medida que se nombran las cosas, mientras subimos y bajamos contenidos, estamos enlazando elementos de manera permanente y expandiendo la red. Cuando las personas etiquetan un documento participan en la creación de lo que Tapscott y Williams, autores de Wikinomics, llaman folksonomía, una taxonomía orgánica que organiza el contenido de la red (2006: 42).

“No podemos esperar que ésta [la selección por asociación mecanizada] iguale a la velocidad y la flexibilidad con que la mente sigue un sendero asociativo, pero sí podría batir ésta, de manera decisiva, en cuanto a la permanencia y claridad de los elementos resucitados de su almacenamiento” evalúa Bush (2001: 14). Reflexión cuya certeza hoy comprobamos al estar todos construyendo los vínculos de la memoria de la humanidad. Lo cierto, es que la red hipertextual nos está permitiendo representar el pensamiento de una forma más similar al modo en que se produce, una preocupación antigua y de mentes inquietas como la del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein plasmada en su obra Investigaciones filosóficas (1953).

Es un hecho que sin necesidad de complicados códigos de programación, cualquier usuario de la red puede organizar sus publicaciones, y al etiquetar hallar otras personas que por asociación han clasificado contenidos bajo los mismos descriptores, generándose nuevas comunidades y redes sociales en torno a intereses afines. La matemática es simple: personas que usan etiquetas similares, seguramente compartirán intereses similares. Esta suma muy probablemente nos incentivará a indagar en la deriva hipertextual de estas almas gemelas, por la alta posibilidad que tienen de conectarnos con más información relevante.

Estamos “enseñando a la máquina”, penetrante frase del profesor Mike Wesch, antropólogo cultural de la Universidad Estatal de Kansas, quien desde su Cátedra de etnología digital explora el impacto de los nuevos medios en la interacción humana. En enero de 2007 el profesor Wesch creó el video de 5 minutos Web 2.0. The Machine is Us/ing Us publicándolo inmediatamente en el transitado portal de videos caseros youtube.com. En menos de un mes se convirtió en uno de los clips más populares de este sitio, y hasta la fecha, algo más de un año después, ha sido visto más de seis millones de veces.

El título “La máquina somos nosotros/nos está usando a nosotros”, juego de palabras más eficiente en su inglés original, explica la tesis de Wesch de que cada vez que hacemos clic sobre un link, le estamos enseñando a la computadora nuevos enlaces. Vale la pena vincular esta idea con la graciosa apuesta de Bush sobre el surgimiento de una nueva profesión, la de los trazadores de senderos, “aquellas personas que encuentran placer en la tarea de establecer senderos de información útiles que transcurran a través de la inmensa masa del archivo común de la Humanidad” (2001: 17).

Bush en esencia no se equivocó, el hecho es que no logró prever que esta profesión no sería tal, sino que más bien sería una acción ordinaria, como concluye el video de Wesch: “The Web is no longer just linking information. The Web is linking people”. La Web ya no solo está enlazando información, la Web está enlazando personas, así que la sugerencia es que empecemos a repensar seriamente todo, desde los derechos de autor al amor, la familia, incluso nosotros mismos.

Volviendo al memex, asienta Landow que nunca llegó a construirse, de lo cual diferimos fundamentalmente: El memex se está construyendo día a día, y lo estamos haciendo nosotros, gracias entre otras cosas a la fortaleza del pensamiento asociativo de los tags, ese bautizo constante de contenidos que traza conexiones de ideas potencialmente infinitas.

La evolución de los tags seguirá el mismo curso de la evolución de las especies, perdurarán aquellos más eficientes y que refieran contenidos memorables y relevantes. De hecho, esta folksonomía no es perfecta, abundan discrepancias como Fuenteovejuna o Fuente Ovejuna, o la polisemia de muchas palabras que impiden la precisión. Pero como ya dijimos, este es un proceso que resulta de la experiencia y que sigue la misma lógica hipervincular del pensamiento humano.

Estamos frente a uno de los muchos ejemplos de cómo las redes sociales “gravitan naturalmente hacia normas y convenciones que aumentan su productividad y conexión” (Tapscott y Williams, 2006: 42), fenómeno que Mike Wesch describe como una revolución generada por las personas (2007: 31). Como testigos y protagonistas, podemos comprobar cómo una invención otrora fabulosa y disruptora como el Memex de Bush, cobró vida en una red que extiende nuestra memoria, aunque tras otros nombres y tecnologías.

Como si no fuera suficiente, al seguir explorando el texto de Bush encontramos otras anticipaciones como las nociones de link y web, con las cuales definía una nueva forma de narración, una textualidad virtual que involucraría activamente al usuario con el texto. Bush aseguraba que enlazar distintos elementos en un mismo sendero de información, sería como encuadernar muchos libros en uno nuevo, y no sólo eso, sería algo más, ya que “cada uno de los elementos puede pertenecer, a su vez, a más de un sendero de información” (2001: 16).

Estas ideas revolucionarias influyeron directamente en Ted Nelson, considerado padre de la noción de hipertexto, que definía como “la escritura no-secuencial que permite al lector, leer en una pantalla interactiva. Se trata de una serie de conexiones textuales que ofrecen al lector varios atajos” (Citado en Landow, 1992: 4). Si bien esta definición está en plena vigencia, hoy ha rebasado la categoría verbal, pues vincula todo tipo de información, ya sean imágenes, sonidos, animaciones, en definitiva cualquier tipo de formatos existentes o por existir.

Es esta polifacética conectividad del hipertexto digital, lo que lo diferencia definitivamente de los medios precedentes. El hipertexto remueve el aislamiento físico de las narraciones de las tecnologías tradicionales, volviendo más accesible e importante la presencia del autor. A la vez, promueve el diálogo, es decir, la participación y colaboración de otros en el discurso. Según el pensamiento de Pierre Lévy, esta intensificación de las relaciones multiplicada por el medio, encuentra nuevas formas de comunicación que convierten a nuestra especie “aún en más humana” (2007: 207)

Por otro lado, esta liberación del relato de la linealidad del soporte impreso, permite al lector-escritor seleccionar su deriva digital y convierte en un hecho común la presencia constante de otros dentro de esta narrativa conectada. Esta multiplicidad y coexistencia de protagonismos y contenidos, es la causa principal que nos impulsa a revisar conceptos afianzados como autoría, propiedad intelectual y trabajo de colaboración.

Definitivamente, esta nueva lógica que descompone lo lineal, nos habla más de fluir que de intentos de control de información. Aquí tal vez podríamos aceptar la pureza virtual de la que habla Aquiles Esté, quien llega incluso a considerar lo digital como información en su estado virtual puro. Pero este estado salvaje e indomable del flujo digital, explícito en las virtudes y complejidades del hipertexto, no sería posible sin la participación de la máquina humana.

Andrea Hoare Madrid
Extractos: Lógica Digital: Inteligencia de Colaboración y Orden Meritocrático. UCV. 2008

Fuentes:

BUSH, Vannevar. Cómo podríamos pensar. Revista de occidente, número 239. 2001.
ESTÉ, Aquiles. Cultura replicante. El orden semiocentrista. Editorial Gedisa. Barcelona. 1997.
LANDOW, George. Hipertext. The convergence of contemporary critical theory and technology. The Johns Hopkins University Press. Baltimore. 1992.
MITCHELL, William. City of bits. Space, place and the infobahn. The MIT Press. Massachusetts. 1996.
LÉVY, Pierre. Cibercultura. La cultura de la sociedad digital. Anthropos Editorial. Barcelona. 2007.
NEGROPONTE, Nicholas. Being digital. Vintage Books. New York. 1996.
TAPSCOTT, Don & Anthony WILLIAMS. Wikinomics. How mass collaboration changes everything. Penguin Group, New York. 2006.
WESCH, Michael. What is Web 2.0? What Does It Mean for Anthropology? Lessons from an Accidental Viral Video. Anthropology News. Arlington, EEUU. Mayo 2007, Vol. 48, No. 5: p. 30-31

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