Las Vegas: ciudad de signos

Disculpen la seriedad pero es necesaria para superar el estrés postraumático luego de la peregrinación a California, la meca del pop. Este fue un viaje iniciático al estilo de las mejores road movies de Hollywood. Fuimos a la fuente en búsqueda de ideas, y regresamos con tantos hallazgos que pasaremos aún mucho tiempo digiriendo e hiperenlazando.

Es por ello que recurrimos a gente muy sabia para acelerar el proceso y darle densidad a esta aventura a través de los signos de Las Vegas. Izenour, Scott Brown y Venturi, arquitectos autores de Aprendiendo de Las Vegas, son las enzimas de estas reflexiones sobre el espacio y los signos, a partir de ellos profanaremos con nuestra prosa pop terrenos vedados para los no iniciados en las escuelas de arquitectura. Lo cierto es que habitamos el espacio y nos gusta reflexionar sobre él.

A la mirada arquitectónica sumamos la crónica de Tom Wolfe, el genial periodista y novelista norteamericano, que embelesado por la magia kitsch de la ciudad escribió en su reportaje-novela The Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby (1965). Allí nos regala una idea brillante: Las Vegas es más signos que edificios. Es una ciudad única en el mundo, su skyline está hecho de signos en vez de edificios o árboles.

Con su cínico humor, Wolfe concluyó que aparte de Versalles, Las Vegas es la otra ciudad de occidente construida de una vez y uniformemente, con la diferencia de que es de plástico y no de materiales nobles.

Luego de esta nutritiva digresión volvamos a Aprendiendo de Las Vegas, texto que tiene el gran valor de ser uno de los primeros ensayos académicos que invita a observar los gustos de la cultura popular, reafirmando nuestra intuición de que hay mucho que aprender de lo común y para eso hay que aprender a ver.

Consecuentes con su propuesta, los autores practican un análisis de la simbología de Las Vegas, que inician analizando la estética de la Ruta 66, en la que ya están las claves que definirían la construcción de la famosa ciudad del desierto.

Get your kicks on Route 66

La Ruta 66 es la mitológica autopista que conecta la costa este y oeste de Estados Unidos, uniendo Chicago con Los Ángeles. Fue inaugurada a finales de los años 20 en medio de la depresión económica de entre guerras. En ese contexto llegó a simbolizar para los estadounidenses “el viaje en búsqueda de un futuro próspero”, en palabras del Pulitzer y Nobel John Steinbeck.

El trazado de esta autopista fue muy práctico, se pavimentaron los caminos de los colonizadores y los exploradores del oro. Con los años en sus costados prosperaron pueblos, moteles -como el ficticio Motel Bates de Psicosis– y curiosas atracciones hoy enterradas bajo la Macdonalización urbanística, o simplemente olvidadas luego de la creación en los ochenta de un sistema de autopistas más moderno. Cars (2006) de Disney y Pixar se ambienta en ese olvido.

Para apreciar esta atmósfera decadente y mitológica, es útil Bagdad Cafe (1987) que bajo la mirada del alemán Percy Adlon, recrea la sensación de estar en una carretera “in the middle of nowhere”. Vale la pena destacar la fascinación que ha ejercido el desierto de Mohave y estas solitarias rutas, esqueletos de otra Norteamérica, en los cineastas alemanes. Win Wenders es muy obvio en su curiosidad en París, Texas (1984), una particular road movie donde el viajero recorre a pie.

La importancia de la Ruta 66 es que hizo posible que cualquiera uniera el Chicago de Al Capone con los estudios dorados de Hollywood. Por allí muchos mafiosos viajaron del este a construir y lavar dinero en Las Vegas. Como referencia basta ver El Padrino 2 donde se entiende la expansión de la mafia italiana a la costa oeste.

En octubre de 1963 el mismísimo Andy Warhol cruzó Estados Unidos por esta ruta. Partió desde Nueva York con rumbo a Los Ángeles en una camioneta junto a tres amigos. Warhol deseaba explorar la América profunda en un “tiempo hermoso para cruzarla”, como escribió en su autobiográfico POPism (1980).

Son muchas las anécdotas de Warhol, pero nos divierte especialmente la siguiente: “nos paramos en un restaurante de camioneros y no sé qué era exactamente lo que tenía nuestra apariencia, pero la alarma de forasteros se encendió. Las personas se volteaban para ver fijamente a los freaks. Yo pensaba que nos veíamos bastante común –nuestras ropas eran muy convencionales- pero obviamente era algo, porque todos nos miraban. Uno a uno vinieron hacia nosotros, todos amistosos y sonrientes, pero estudiándonos (…) y todos decían ¿de dónde son?. Cuando les decíamos Nueva York, ellos miraban más, como si quisieran excavarnos”.

“Cuanto más al oeste conducíamos –continúa Warhol- todo lucía más Pop en las autopistas. De repente nos sentimos poseedores de información privilegiada, pues si bien el Pop estaba en todos lados –ese es precisamente el asunto, muchas personas todavía lo daban por sentado, mientras que nosotros estábamos deslumbrados- para nosotros era el nuevo arte. Una vez que te vuelves Pop, no podrás ver un signo de la misma forma otra vez. Y una vez que piensas Pop, no podrás ver América de la misma manera nuevamente”.

Con estas breves evidencias ya es posible entender porqué la Ruta 66 y todos sus signos se convirtieron en un icono cultural, como narra la canción de Nat King Cole Get Your Kicks On Route 66 (1946).

Sin City

¿Pero qué tiene que ver esta Ruta 66 con Las Vegas? Según Venturi, Scott e Izenour en esta ruta el anuncio publicitario se convirtió en algo más importante que la arquitectura. Los propietarios prefirieron ajustar sus presupuestos a llamar la atención en esta larga y rápida carretera, en vez de invertir en infraestructura.

Era clave pensar en función del auto-paisaje, de la mirada perspectiva del viajero desplazándose en su vehículo. Los anuncios debían estar entonces en una escala y posición que les permitiera ser vistos y consumidos desde la carretera. Es por esto que el primer plano de la ruta son anuncios publicitarios, “alardeando descaradamente”, y el segundo plano unas modestas y reducidas edificaciones. “Lo barato aquí es la arquitectura”, afirman en Aprendiendo de Las Vegas, llegando a la extrema conclusión de que si eliminamos los anuncios nos quedamos sin lugar.

Para ilustrar este comportamiento, los autores recurrieron al ejemplo extremo de una tienda de patos con forma de pato, The Long Island Duckling, edificio que se desvanece en un anuncio-escultura.


De este razonamiento se desprende nuestro interés: tanto la Ruta 66 como Las Vegas más que un fenómeno constructivo son un fenómeno de comunicación de símbolos.

Llegamos así a la lógica dominante en la construcción de Las Vegas: la comunicación se superpone a la arquitectura. En el diseño de esta ciudad prevalecieron los intereses de la publicidad, el juego, el instinto competitivo y la necesidad de diferenciarse. Eso es lo que la hace tan diferente. Su construcción contó con mucha libertad, pues creció sobre un desierto virgen y en poco tiempo, sin requerir yuxtaponerse o adaptarse a usos anteriores ni discutir remodelaciones con nadie. He allí el parecido con el origen de Versalles del cual alertaba Wolfe.

Es una ciudad diseñada y gerenciada para facilitar el juego, todas las barreras para apostar son derrumbadas: hay vueltas en U por todas partes, estacionamientos gratis, hoteles-casinos con precios muy accesibles. Todo está dispuesto para jugar, sin considerar otros gastos mayores. Es una ciudad reglamentada para el destape organizado de una sociedad cuáquera. Es el lugar para el pecado permitido, aquí está bien trasnocharse, beber en las calles y casarse sin remilgos. El cliché de la libertad es tal que hasta el santo Ned Flanders se embriagó y contrajo nupcias en Las Vegas.

“You look like a goddamn rat pack”

La otra dimensión de Las Vegas ya insinuada en el espacio abierto y extenso de la Ruta 66, es que es una ciudad concebida a gran escala y pensada para ser vista a altas velocidades, nuevamente nos encontramos con el auto-paisaje. Una sola tarjeta postal no puede abarcar el Strip, que es donde está la concentración de casinos más moderna y que para las nuevas generaciones es la imagen de la ciudad.

Pero antes del Strip fue Fremont Street. Los casinos germinales se agrupaban en las cinco cuadras de esta calle, la cual no cumple exactamente con la regla del auto-paisaje. Si bien sus fluorescentes y escultóricos edificio-anuncios están diseñados para ser contemplados desde el vehículo, es aún fotogénica, era posible encuadrarla un plano, no así en el Strip que es una sucesión de excentricidades inabarcables en una toma.

El frente de Fremont Street con los años se convirtió en el lugar común de las luces de Las Vegas en cualquier producción audiovisual. Pero no sólo era una buena toma, sino el origen. En ella prosperaron los casinos clásicos, muchos de ellos asociados con el lavado de dinero de la mafia. En sus salones era posible encontrar a capos, cantantes, millonarios y buscadores de fortuna.

Fue el centro de reunión del Rat Pack, el jamming de artistas de Hollywood reunidos alrededor de Frank Sinatra. En los cincuenta Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Judy Garland, David Niven, Katharine Hepburn, Spencer Tracy entre otros célebres, y en los sesenta Dean Martin y Sammy Davis Jr., Peter Lawford –cuñado de John F. Kennedy-, Shirley MacLaine e incluso Marilyn Monroe frecuentaban el grupo.

El filme Ocean’s Eleven en su versión original (1960) fue protagonizada por ellos y nos transmite esa atmósfera bohemia chic, donde la mafia, el dinero, el poder y Hollywood se entremezclaron durante un par de décadas.

El hecho es que el Rat Pack fue muy importante para el crecimiento de Las Vegas, pues no sólo añadió el espectáculo a la oferta de la ciudad, sino que contribuyeron con la integración de la población negra a la segregacionista sociedad de su tiempo. Por ejemplo, Sinatra se negaba a actuar en establecimientos que no admitieran a Sammy Davis Jr., y por transición que no admitieran a gente de color. Por tener a Sinatra muchos cedieron.

Estos amigos de Hollywood habitaban Freemont Street, paisaje que ya no podemos contemplar en su esplendor, pues por una decisión comercial –lo que es muy consecuente con el espíritu original de Las Vegas- dieron al traste con su perfil clásico.

Con el paso del tiempo y la expansión hacia el kistch y monumental Strip, Fremont Street quedó a la deriva en un downtown lleno de indigentes y yonquis que ahuyentaron al turismo. Los dueños de los casinos decidieron atraer nuevamente a la suerte, y su solución fue “Fremont Street Experience”.

Esta experiencia no es otra cosa que shows de luces y espectáculos cada hora, en una calle convertida en boulevard, techada con una bóveda gigantesca de leds. Si bien esta estructura y su espíritu comercial son herederos legítimos del espíritu fundador de Las Vegas, modificó grotescamente la famosa calle, dificultando la contemplación de su íconos más brillantes como el cowboy de 18 metros del Pioneer Club.

La bóveda de luces deja escaso espacio para que cowboy salude o la vaquera de un puntapié. Además, letreros otrora magníficos como el del Golden Nugget, son apagados cada hora para contemplar los videos más modernos. Nuestro reclamo no es a lo recargado de la estructura, ni a su desesperado intento por dinero, sino a no haber pensado lo que estábamos perdiendo. Muy bien pudieron haber construido la bóveda en una calle paralela o transversal, dejando este museo pop inalterable e igualmente remozado para los nuevos visitantes.

Hoy es muy difícil imaginarse a Marilyn caminando del brazo de Sinatra por Freemont Street.
No todo es tristeza. En las transversales de Freemont Street instalaron un Museo de Neón a cielo abierto cuya fundación seguramente se debe a las teorías de Izenour, Scott Brown y Venturi. Este museo preserva famosos anuncios de Las Vegas, recuperados luego de la demolición o desaparición de sus negocios residentes.

Cuando estos teóricos plantearon que el lugar es el anuncio y no la edificación, estaban en lo justo. En este museo está la demostración, el anuncio sobrevivió y sigue siendo admirado, cuando los edificios que anunciaban llevan largo tiempo perdidos en la memoria.

No tenemos información sobre el éxito o no de este Fremont Street make over. A primera vista pareciera que no lograron exorcizar su aspecto borderline. Sí hay muchos turistas, pero entremezclados con transformistas, artistas callejeros, adictos de toda especie y texanos de la tercera edad en tours de tercera, pero jamás con la crema de Las Vegas. Esa migró al Strip.

Las Vegas: una lección de mercadeo

La visual que perdimos en Fremont Street, el Strip la exagera. Aquí la interacción no se hace caminando, sino en auto y la autopista. Se conduce de un casino idéntico a otro, solo diferenciados por sus escultóricos anuncios-edificios, siempre orientados a la autopista.

En estos casinos encontramos íconos de los viejos continentes pero digeridos para el gusto del norteamericano común. Por ejemplo el hotel Venecia, que cuenta con canales internos y externos a la manera de la bizantina ciudad. Allí parejas viajan abrazadas en pérgolas made in Disney, bajo techos pintados con nubes y querubines, con un gondolero cantando ópera con marcado acento de Clint Eastwood. O lo mejor, es posible lograr la foto de su vida frente al arco del triunfo o la torre Eiffel de París, en el hotel París, siempre y cuando se sepa hacer el encuadre perfecto, igualmente podrían hacerlo cruzando el puente de Brooklyn o frente a una reducida Estatua de la Libertad en el Hotel New York.

Es que los hoteles-casinos de Las Vegas son tan honestos en sus ambiciones comerciales y en llamar la atención que no disimulan con sus nombres. Su estilo es ecléctico, y su objetivo la espectacularidad. Son las leyes del marketing maceradas por el calor del desierto.

Después de visitar Las Vegas, en donde dos siglos se entrelazan, quedan muchas ideas aún por hilar. Pero hay que cerrar por ahora. ¿Qué aprendimos?, que los casinos son un commodity, se encuentran iguales en Atlantic City o en otra cualquier ciudad destinada al azar. Los habitantes de la ciudad tampoco son unas joyas, las miradas lánguidas de los perdedores, la locura porque sí, “porque estoy en Las Vegas”, de estudiantes universitarios, y la ojeras largas de los adictos transitan de la decadencia al cliché.

Lo que sí aprendimos en Las Vegas es que a veces suspender la credibilidad permite disfrutar muchas delicias pop. Por ejemplo, la arquitectura y el espacio fake de Las Vegas, permite, a quien no le alcanza el presupuesto, sentirse a pedazos en París, Venecia, Nueva York, Persia o Roma, eso sí, tapándose la nariz para no oler el plástico.

Las Vegas, Los Ángeles, la ruta 66, así como los anuncios publicitarios y los decorados de las series de televisión, según Scott Brown en Aprendiendo del pop, son las fuentes de un cambio de sensibilidad arquitectónica, el cual cede a la comunicación agregamos nosotros. Para disfrutarlo necesitamos capacidad de asombro y educar los sentidos para identificar aquellos signos que damos por sentado y adquirir conciencia semiótica.

Así podremos ver en las luces de neón al Rat Pack, sus smokings y vestidos de gala capturados para siempre, e imaginar a una Marilyn mucho más cercana y feliz por sentirse una más de la pandilla y no la diva inalcanzable. Eso aprendimos del pop.

Andrea Hoare Madrid

3 comments for “Las Vegas: ciudad de signos

  1. 30 julio, 2010 at 7:59 am

    Acabo de descubrir vuestro blog y la verdad es que me tiene hipnotizado… Me encanta. Enhorabuena!

  2. 30 julio, 2010 at 10:09 am

    Apuesto a que no consideraron en esa época una mini réplica de Lisboa. Ni porque era el nido de “rats” de la segunda guerra mundial, ni porque CasaBlanca paseo por esta ciudad sin tocarla.

    Un beso, qué hermoso texto!

    Saludos,
    Flavio

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