De incubadoras, Darwin, Sputnik y Cafés

Sobre la creatividad y el origen de las ideas se han escrito toneladas, quizás demasiadas. En contra del sentido común decidimos ser una voz más, esto por el impulso de un neoyorquino que nos cayó bien al afirmar que la cultura pop, desde los video juegos hasta las series de televisión, nos está haciendo más inteligentes.

Hablamos de Steven Johnson, autor de bestsellers de autoayuda empresarial, quien el próximo mes estará lanzando su nuevo texto ¿De dónde vienen las ideas?. Aquí asegura que las personas suelen situar el origen de sus ideas en momentos ¡eureka!, es decir, raptos de lucidez súbitos y originales. Johnson, con su mezcla de argumentos pedestres y científicos, nos cuenta algo muy diferente.

A partir de ejemplos históricos demuestra que las ideas requieren un largo proceso de maduración. Ciertamente hay una corazonada original, pero si este germen no es conectado con otros procesos de pensamiento, es menos probable que evolucione.

El rol de los Cafés en la historia de Occidente es una anécdota que valida su teoría. El periplo se inicia en el Grand Café en Oxford, el primero abierto en Inglaterra en 1650, el cual aún puede ser visitado aunque transformado en bar de moda. Este local fue crucial para la expansión de uno de los movimientos intelectuales más grandes de los últimos 500 años, la Ilustración o Siglo de las Luces. En los cafés las ideas de Voltaire y Diderot hallaron mentes fértiles en las cuales alojarse y prosperar.

Antes de la popularización de estos salones, en Inglaterra la bebida común –tanto de las élites como del pueblo- era el alcohol. Desde el amanecer hasta el anochecer beber alcohol era la norma, un poco de cerveza en el desayuno, algo de vino o gin en el almuerzo, rematando el cierre de la jornada con más cerveza y vino. Esta costumbre se debía a que no era seguro beber agua, de alguna forma ya la asociaban con el contagio del cólera entre otras pestilencias.

Lo cierto es que hasta el advenimiento de los cafés toda esta población vivía ebria. No cuesta mucho imaginar lo que esto implicaba. Aquí se entiende el poder iluminador del café: al sustituir una bebida depresiva por una estimulante, las buenas ideas empezaron a emerger.

Los asiduos a los cafés se volvieron más agudos y alertas. En este contexto se explica que en Inglaterra la innovación haya ocurrido entre tazas de café y té.

Hay otro asunto que vuelve a los cafés muy importantes, la arquitectura de su espacio. Eran lugares donde personas de diferentes orígenes, campos y experticias compartían. Aquí las ideas copulaban, según la fértil metáfora de Matt Ridley.

Es impresionante el número de innovaciones de la época asociadas a un café en algún momento de su historia.

Johnson concluye que existen ambientes que conducen a niveles inusuales de innovación y creatividad. En ellos hay patrones recurrentes que si logramos identificar nos ayudaría a replicarlos en otros ambientes menos productivos.

Para ello lo primero que hay que hacer es desechar los principios tradicionales asociados con la innovación: que no son sólo eurekas, epifanías o bombillos encendidos repentinamente. Una idea no es algo que surge en un momento determinado, es una red de neuronas que se disparan en sincronía dentro de nuestro cerebro. Es una nueva configuración que antes no existía.

Johnson expone casos exitosos que nos facilitarán entender esta lógica.

Incubadoras Toyota

Timothy Prestero, fundador de la compañía Design that Matters, se impuso el reto de contribuir con la disminución de las tasas del mortalidad en recién nacidos de los países en desarrollo.

Este ingeniero se dio cuenta que uno de los principales problemas era lo costoso que resultan las incubadoras neonatales modernas. De ahí su escasez y el aumento de los decesos prematuros.

Pero el problema iba más allá del precio. En los casos en que se había logrado enviar incubadoras de US$ 40.000 a aldeas en África, todo funcionaba perfecto hasta que alguna pieza se dañaba. Sin servicio técnico, repuestos y mano de obra especializada, las posibilidades de reparación eran nulas, sacando de circulación estos costosos equipos.

Prestero se dio a la tarea de observar qué tipo de recursos eran abundantes en estas zonas deprimidas. Notó que había camionetas Toyota Forerunners en todas partes, con servicio, talleres y repuestos por doquier. El conocimiento necesario para mantener esta red de vehículos funcionando estaba allí.

De aquí sacó su idea, construir una incubadora neonatal completamente de partes de automóviles. Así lo hizo, incluso su fuente de energía proviene de baterías de carros, permitiendo su funcionamiento en localidades sin acceso a la electricidad. Lo más importante es que ante cualquier falla de estos aparatos, bastaría recurrir a alguno de los abundantes mecánicos de Toyota.

Para Johnson esta historia es una metáfora ideal de la forma en que las ideas ocurren. Nos encanta pensar en grandes descubrimientos y avances tecnológicos, pero el hecho es que muchas de las mejores ideas han nacido de improvisar con lo que está a la mano y de remezclar las ideas que hemos tomado de otras personas. Así es como se crea algo diferente.

Darwin mintió

Newton no devanó la teoría de la gravedad en el momento en que cayó una manzana a sus pies. Las ideas importantes tienen un largo período de incubación, aunque puedan originarse en corazonadas o momentos lúcidos.

Al revisar la historia encontramos frecuentes casos de ideas que permanecieron durante décadas en el fondo de la mente de sus creadores. Es preciso el paso del tiempo para adquirir las herramientas que permitan desarrollarlas.

Darwin es un buen ejemplo de lo anterior. En su autobiografía cuenta que llegó a la idea de la selección natural en un momento eureka clásico, un día de octubre de 1838 mientras leía a Malthus cómodamente en su estudio. Hace unos años, Howard Gruber, un académico que revisaba las notas de Darwin de ese período, halló extensas y recurrentes referencias a la teoría de la selección natural muchos meses antes de la supuesta epifanía. Darwin tenía la idea hace mucho, coqueteaba con el concepto, pero era aún incapaz de pensarlo en toda su extensión. Así es como suelen ocurrir las grandes ideas, paulatinamente van cayendo los velos. Paciencia es la lección.

Más evidencia al respecto la tenemos en la investigación de campo de  Kevin Dunbar. Para averiguar de dónde vienen las ideas instaló cámaras en varios laboratorios científicos alrededor del mundo, registrando el trabajo de cada miembro del equipo de investigación. Luego analizó las grabaciones en búsqueda de los momentos en que surgieron las ideas más importantes.

Al contrario de la imagen tradicional del científico solitario en su laboratorio gritando “Eureka”, se dio cuenta que las ideas más productivas ocurrían durante las reuniones semanales del equipo, momentos en que los investigadores compartían sus avances, errores y trancas. Este ambiente, en el que diferentes temas, orígenes e intereses se empujan mutuamente –redes líquidas según la definición de Johnson- es el que conduce a la innovación.

El reto es cómo propiciar ambientes que toleren el largo proceso de maduración de las ideas. Compañías como Google lo están logrando, al destinar el 20% del tiempo de sus empleados para el trabajo en proyectos innovadores. Eso es clave por una parte, pero no será efectivo si no se destinan espacios para que las corazonadas e intuiciones particulares se conecten con las de otros. Solemos tener la mitad de una idea, alguien más tiene la otra. Si estamos en un ambiente adecuado, la idea será más que la suma de sus partes.

En este sentido, la premisa es conectar las ideas en vez de protegerlas, como reza la lógica empresarial ortodoxa.

Ideas conectadas que conectan


A continuación una historia de innovación que captura el valor del tiempo y la conexión para realizar descubrimientos notables. Es octubre de 1957 y el satélite Sputnik acaba de ser lanzado para orbitar la tierra. En la cafetería cercana al laboratorio de física aplicada de la Universidad Johns Hopkins, Guier y Weiffenbach, dos físicos veinteañeros, comentaban excitados esta noticia con otro puñado de colegas. Uno de ellos dice: “¿alguno de Ustedes ha tratado de escuchar a este satélite? … obviamente un aparato construido por el hombre, allá arriba en el espacio exterior, debe emitir algún tipo de señal. Probablemente podríamos oírla si sintonizamos correctamente”. Nadie supo responder.

El hecho es que uno de los nóveles físicos, Weiffenbach, era experto en recepción de microondas, y tenía en su oficina una pequeña antena conectada a un amplificador, así que partieron raudos a tratar de “hackear” el satélite, como diríamos hoy. Luego de un par de horas lograron captar una señal, el Sputnik resultó muy sencillo de rastrear. Pero eso no le molestaba a los soviéticos, precisamente lo hicieron un blanco fácil para científicos curiosos con el fin de que quedara claro quienes iban a la delantera de la carrera espacial.

Así es como estos chicos empezaron a recibir visitas en su oficina para escuchar al satélite. De inmediato tuvieron la sensación de que estaban a las puertas de algo importante, por lo que decidieron grabar la señal y registrar los interludios de tiempo entre cada bip. Pronto percibieron las pequeñas variaciones de frecuencia entre los sonidos, concluyendo que podrían calcular la velocidad del satélite gracias al efecto doppler. Incorporaron a su proyecto a físicos con otras especialidades, logrando identificar los puntos en que el satélite estaba más cerca y más lejos de la antena en su laboratorio.

Aunque esta investigación no formaba parte de su descripción de cargo, consiguieron autorización para utilizar el novísimo y dinosáurico computador UNIVAC. Así lograron sofisticar sus cálculos y obtener en menos de un mes un mapa exacto de la trayectoria del Sputnik alrededor del planeta.

Unas semanas más tarde, su jefe, Frank McClure, les hizo una propuesta que le daría un vuelco a su proyecto: “lograron deducir la ubicación del satélite con respecto a la tierra, ¿podrían hacerlo en el otro sentido? ¿podrían deducir una ubicación desconocida sobre el planeta si saben dónde está el satélite?”. Inmediatamente se pusieron a sacar cuentas hallando que era mucho más sencillo este proceso que el anterior, lo que alegró McClure, puesto que les sería muy útil para dirigir los misiles de los submarinos nucleares directamente a Moscú, ahora que podrían saber en qué parte del océano pacífico están (nótese la paradoja, todo esto comenzó con el lanzamiento del Sputnik).

Así es como nació el GPS. Treinta años más tarde, Ronald Reagan abrió esta plataforma permitiendo que cualquiera pudiese construir más tecnología a partir de esta red de geolocalización satelital, hoy tan cotidiana que tendemos a olvidarla.

Esta es una gran lección del poder de los sistemas de innovación abiertos. Nos pueden conducir a destinos impredecibles. Por ejemplo, este par de físicos dieron con el GPS pensando que contribuían con la guerra fría, cuando hoy los utilizamos para asuntos tan triviales como ubicar el café más próximo.

Así es como ocurre la innovación. La oportunidad favorece a la mente conectada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *