Cory Doctorow: Superman del libre acceso al conocimiento

Parte importante del seminario de lógica digital que dictamos en la Universidad Central de Venezuela, es reflexionar sobre la inteligencia de colaboración, principio que consideramos el paradigma emergente más productivo de esta sociedad conectada. Lo primero es revisar una serie de textos básicos, que si bien son interesantes -como la historia del Centro de Inteligencia Colectiva del MIT y la Declaración de Berlín sobre el acceso libre al conocimiento- son tradicionalmente densos y carecen de hiperquinesia.

Para balancear tanta seriedad tradujimos un texto de un hombre genial, y que muy al contrario del hippismo naif y filantrópico que proyecta, es una de las mentes más lúcidas en cuanto a la estructura de colaboración y el acceso libre a los contenidos como lucrativo modelo de negocios. Es Cory Doctorow, periodista, bloguero, prolífico escritor de ciencia ficción, pero sobre todo activista de los Creative Commons.

Doctorow ha convertido en una práctica común el escribir libros y ponerlos inmediatamente a disposición de quien quiera que los desee bajar. Para explicar el porqué de esta decisión, el porqué de dar libros gratis, nada mejor que sus propias palabras, traducidas del inglés sin su permiso pues ante tanta liberalidad lo damos por sentado:

Regalar e-books me da una satisfacción artística, moral y comercial. Al respecto, la pregunta que surge con más frecuencia es la económica: ¿cómo puedes regalar libros y aún así generar ganancias?

Para mí -y prácticamente para cada escritor- el problema mayor no es la piratería sino la oscuridad (gracias a Tim O´Reilly por este gran aforismo). La mayoría de las personas que no han comprado este libro, no lo han hecho porque nunca han oído hablar de él y no porque hayan recibido una copia gratis del mismo.

Los mega -hit-best-seller en ciencia ficción venden sólo medio millón de copias, y esto en un mundo donde las 175 mil personas que asisten al Comic Con de San Diego, que podríamos asumir son el público para la ciencia ficción y sus derivados geek (comics, juegos de video, Linux, etc), realmente no compran libros. En ese sentido, estoy interesado en alcanzar una audiencia mayor y más amplia que solo aquellos miles que compran un ticket para estar en esa carpa.

Los e-books son verbos, no son sustantivos. Están ahí para ser copiados, esa es su naturaleza. Y muchas de esas copias tienen un destino, personas predestinadas a tenerlos, gente que los transferirá a otros junto a su recomendación personal, gente que confía entre sí lo suficiente como para compartir los bits que les parecen relevantes. Esta es la clase de fenómenos a la que los autores deberían aspirar, el cierre proverbial del trato. Al permitir que mis libros estén disponibles para ese libre tránsito, facilito que la gente los ame y ayuden a otros a amarlos.

Más aún, no considero a los e-books como un sustituto de los libros impresos. No es que las pantallas no sean lo suficientemente buenas: si eres algo parecido a mí, seguramente ya inviertes cada hora que puedes frente a la pantalla leyendo texto. El asunto es que en las computadoras hay miles de distracciones simultáneas, lo que dificulta leer textos extensos más allá de cinco a siete minutos sin interrupciones, a menos que tengas la disciplina de acero de un monje.

La buena noticia (para los escritores) es que el bajar un e-book a la computadora es un preludio de la compra impresa (que al final de cuentas es económica, manejable y fácil de leer) en vez de un sustituto de ella. El e-book permite leer lo suficiente en pantalla como para darse cuenta de que realmente quieres tener el libro y leerlo en papel.

Así que los e-books venden libros impresos. Todos los escritores que conozco que han hecho la prueba de regalar sus e-books como promoción de la versión impresa lo han vuelto a hacer. Esta es la razón comercial para distribuir gratuitamente libros electrónicos.

Desde el punto de vista artístico, estamos en el Siglo XXI (…) si no produces arte con la intención de que sea reproducido, no estás haciendo arte para este siglo. Realizar trabajos que no puedan ser duplicables es tan encantador como ir a una villa de colonos y ver el espectáculo de un herrero fraguando una herradura como en los viejos tiempos. Sé que es difícil de entender, es un problema contemporáneo. Soy un escritor de ciencia ficción. Mi trabajo es escribir sobre el futuro (en los buenos días) o al menos sobre el presente. El arte que suponga que no debe ser copiado es asunto del pasado.

Finalmente, echemos una mirada desde la perspectiva moral. Copiar es natural. Es cómo aprendemos (imitando a nuestros padres y a la gente a nuestro alrededor). Mi primera historia la escribí cuando tenía seis años, era una versión emocionada de Star Wars redactada en cuanto salí del cine. Ahora con Internet -la más eficiente máquina copiadora de todos los tiempos- nuestros instintos replicadores irán cada vez más lejos. No hay forma en que pueda detener a mis lectores de copiarme, y si lo hiciera sería un hipócrita: cuando tenía 17 años hacía remezclas en casettes, historias con fotocopias, en fin, realizaba copias en todas las formas imaginables y posibles.

No hay forma de parar la reproducción de bits, y la gente que trate de hacerlo probablemente hará más daño que el que la piratería pueda hacer. La ridícula guerra santa de la industria musical contra quienes comparten archivos (¡más de 20 mil fans ya han sido demandados a la fecha y sube la cuenta!) ejemplifica lo absurdo de esta lucha. Si la elección es entre permitir la copia o amenazar y enfrentar, elijo la primera.

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Hasta aquí las palabras de Cory Doctorow, y para ser consecuentes con su prédica dejamos el enlace para que bajen su último libro: Little Brother

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