Missing: -Salinger +Fuguet
En apuntes autistas, Alberto Fuguet, escritor-cineasta chileno pero también californiano, nos obsequia su visión de Salinger. Salinger y Fuguet comparten la afición por desaparecer, sólo que Salinger literaria y literalmente ya lo hizo.
¿Pero por qué Fuguet para recordar a Salinger?, no es solo una fijación personal por los literatos chilenos, es que a Fuguet mismo se lo ha considerado como un heredero sureño del espíritu indie y rock del autor de The Catcher in the Rye. Honor que comparte con otros desaparecidos como James Dean o cineastas como Wes Anderson, quien modela a los personajes de Rushmure y los Tanenbaums con arcilla salingeriana, e incluso asesinos épicos como Mark David Chapman, que mientras se ocupaba de John Lennon traía consigo su manoseada copia de The catcher in the rye.
Entonces, en esta onda de remezclar, recitar y redistribuir en la que nos sentimos tan cómodos, dejamos el post de Fuguet intacto y largo, yendo en contra de la corriente 140 y sentirnos rebeldes sin causa.
Salinger y el efecto “desaparecer”
"J.D. Salinger, el célebre autor de culto, famoso entre otras cosas por no ser famoso, por haber sido capaz de renunciar en la cima (una suerte de voto zen, a la tranquilidad y a la desconexión), la voz de la desafección adolescente, el inventor de la familia disfuncional, el solitario con más amigos del mundo, cumplió 90 años justo cuando este nuevo año 2009 empezó.
Noventa años de edad y sus libros, sin celulares o mensajes de textos, sin HD ni FaceBook, siguen siendo extraordinariamente contemporáneos, casi sospechosamente al día, casi como si Salinger hubiera entendido que, al final, por mucha tecnología, la conexión entre las personas y consigo mismas no pasa por el ancho de la banda ni por el wi-fi. Mientras Carlos Fuentes cumple 80 años con un jubileo gubernamental y libros que nadie lee, Salinger cumple 90 y ni siquiera da una fiesta en su casa. Quizás por eso, por no estar y por no publicar, los homenajes a su obra y a su persona se han leído como suertes de obituarios adelantados o, lo que es más curioso, como balances-con-pinta-de-ensayos que celebran el cuasi-centenario de su nacimiento.
Salinger no está y, sin embargo, sigue estando. Esto, si se piensa, es muy siglo 21. Estar y no estar. Existir virtualmente. Que la palabra valga mas que la piel. Salinger creó una red antes que existiera la red. Además, algo que nunca está de más: se sigue leyendo. Subrayando. Lo siguen imitando, plagiando, usando a Holden y a la prole de los Glass como prototipos que nunca serán estereotipos. Mientras existan personas que cumplan quince, Salinger tendrá nuevos lectores. Nuevos habitantes de lo que acaso es el mayor logro de este autor: el llamado Planeta Salinger, donde los niños son precoces, las familias intentan hacer el bien pero lo arruinan todo y donde la estética de la soledad, del despojo (menos es más, portada blancas y sencillas) no es ya una excentricidad sino el ansia de mucha gente: dame una cabaña, un laptop y lo justo para existir. Dame libertad, déjame escapar de la vulgaridad del día a día, déjanos no-existir a nuestro modo. En una era donde cada vez hay más gente que no tiene vida, el hecho que alguien haya renunciado a su vida, sin por eso matarse, constituye una de las grandes decisiones del siglo 20. Salinger quizás intuyó que la fama estaría de la mano de la infamia y huyó de ella. Al menos en vida. Porque, claro, al desaprecer, no calculó que eso contriburía a aumentar ya no su celebridad sino algo imposible de comprar o manejar o controlar: el mito.
Salinger no ha vuelto publicar desde que su cuento Hapworth 16, 1924 ocupó casi el número completo de la revista The New Yorker de junio de 1965 y, al parecer, esa nouvelle, no saldrá a en formato libro mientras viva (aunque aquellos que lo intentan consiguen fotocopias y scans del DVD que contiene la colección completa de la revista neoyorquina). No sabremos si volvió a escribir otra cosa que su exigua pero concentrada saga de la familia Glass hasta que muera y deje y o se lea lo que quizás es uno de los textos más esperados de la literatura del siglo veinte: su testamento.
¿Qué dirá? ¿Cuáles son sus herederos o ejecutores? ¿Hapworth podrá por fin ver la luz como la gente? ¿Qué pasará con las cartas que no dejó citar a su biógrafo? ¿Qué sucederá con los derechos fílmicos y, por cierto, con los supuestos libros nuevos o diario de escritor? ¿Existen?
Todo esto se sabrá relativamente pronto.
Lo que sí se sabe, y es parte ya del folclor y el mito, es que Salinger vive en el pueblillo boscoso de Cornish, New Hampshire. Un pueblo de Nueva Inglaterra parecidos a los que ahora habitan los Zuckerman y los otros alter-egos de Philip Roth que, curiosamente, están viviendo una vida entre monacal y de recluso que sólo puede adjetivarse como salingeriana.
Hace unos diez años la obsesion salingeriana llegó quizás a su peak, con una serie de biografías-basura de gente que insiste que lo quiso y quiso contar cosas que, al final, todos olvidamos. Por esos años aún existían periodistas y fotógrafos que intentaban acosarlo pero, en esta era de You Tube y paparazzis virtuales, de reality shows bastardos y famosos instantáneos, la opción de Salinger por desaparecer empezó a ser respetada, primero, y, dos, a ser entre envidiada y tomada como una suerte de logro mayor. Lo que hace veinte años era considerado una opción antinatural hoy tiene algo de buen gusto y sanidad: dejar que las hordas de anónimos se conviertan en estrellas y se quemen vivo.
Literariamente, Salinger abrió puertas que nunca se van a volver a cerrar y creó una estética y una ética además de consolidar una estilo y una moral. Salinger fue uno de los primeros en decir que no todo funciona “más arriba de la cota mil” y que es no es tan facil conseguir lo que se quiere sobre todo cuando no se tiene claro qué se quiere. Algunos dicen que bastó la primera línea de El guardián ante el centeno, aparecido hace casi 50 años atrás, para que toda una época viera la luz. La obsesión de Holden por los falsos y lo falso es algo que sigue atormentando a muchos, adolescentes o no.
Los mitos urbanos, o digitales, especulan que Salinger sigue escribiendo, o que no escribe nada; que ahora envia mails y chatea con un nick falso; que escribe pero quema sus manuscritos. O que tiene preparada cada uno de los pasos de su carrera póstuma. La mejor “fuente” de lo que sucede en su cabaña viene de la voz cuestionable de Joyce Maynard, que dice que existen varios volumenes centrados en la los excéntricos Glass (¿podría existir el mundo de Wes Anderson sin Salinger?). Maynard, considerada por muchos como “esa mujer”, es una de las mujeres más repelentes y odiadas del mundo literario norteamericano. Maynard, que vivió un tiempo con Salinger a comienzos de los 70, y que se cree escritora, redactó unas memorias en 1998 que, para su propia sorpresa, fue rechazada con tal visceralidad que hoy Maynard es una suerte de exiliada de la república de las letras americanas donde todos consideran que su “acto” fue de un mal gusto imperdonable. Maynard calculó mal: creyó que la gente quería saber más de Salinger. Pero curiosamente no es así: lo que la gente quiere respecto a Salinger es que justamente sea Salinger. Que no exista. O exista a su manera, tal como sus personajes existen salingerianamente. Son y no son parte del sistema.
Los lectores de Salinger no necesitan que aparezcan en portadas de revistas o firmando libros. Salinger, si salir de su casa, sin publicara nada nuevo desde mediados de los 60s, es uno de los autores norteamericanos que vende más y de forma más regular , poniendo en jaque y en aprietos todo las reglas de oro del marketing literarios: entrevistas, cara a cara, giras, presencia. La Maynard hoy vive un anónimato e invisibilidad muy superior a la de Salinger que, en una jugada maestra, le ha demostrado al mundo que, aún hoy, con toda la obsesión de la conectividad, hoy es perfectamente posible existir sin existir. Quizás es la única manera digna de hacerlo."


