Cementerios y carnavales en frecuencia am

Ya hace dos domingos fue mi lanzamiento radial en Pauta Libre, recién estrenado programa de la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Aquí los productores del programa -profes y alumnos sintonizados- están empeñados en desbordar los muros de la universidad.
Ellos invitan a quien los escuche a habitar en la tierra de nadie: ese monumento ucevista a la no pertenencia, esa metáfora de desparramada libertad. Si es tierra de nadie es tierra de todos… Ouch!, ya me puse densa. Lo que quería decir es que ¡en la tierra de nadie se habla de todo!, y como es tiempo de carnavales es lógico hablar sobre temas festivos… Y para hablar de uno de esos temas festivos me invitaron otra vez, así que tendré el honor de seguir jugando a la radio este próximo domingo 22 de carnaval. Una imagen como abreboca.

Ustedes dirán que los carnavales me ponen macabra… pero es que SON MACABROS. Es una fiesta para abandonar la carne (carne-levare, etimología latina aceptada por la Iglesia Católica) y, sin entrar en honduras teológicas, cuando dicen abandonar carne en lo primero que pienso es en un esqueleto limpiecito… y una cosa lleva a la otra: carnaval-sincarne-esqueleto-cementerio. Díganme rebuscada, pero este texto lo estoy escribiendo yo y si están leyendo es porque se están diviertiendo, ¿o no?, ¿o no?, ¿o no?

Si quieren seguir esta divagancia no olviden sintonizar la 790 am este domingo a las 5 pm. Allí pretenderemos asustarlos alguito con realidades siniestras (que están bajo nuestros pies, ojo). Para que vean por dónde va la cosa, valga el final de un texto que escribí hace unos años para una revista Demente:

La amnesia es larga, como relata Manuel Landaeta Rosales, quizás el único cazador de tumbas criollo: “No existe nada escrito sobre los cementerios de los aborígenes del Valle de Caracas, pero es natural que aquellos, a semejanza de los del resto del territorio venezolano, sepultaran los cadáveres en botijones o en el suelo limpio, ya en la tierra llana, ya en los barrancos de los ríos o quebradas o en las faldas de las cerranías (…) Algún día por casualidad, al removerse tierra, podrán encontrarse cementerios…”. En nuestra Caracas abundan tierras llanas, barrancos, ríos, quebradas y cerranías. En nuestra Caracas podría resultar macabro jugar a buscar tesoros.

¿Qué tal?… El domingo es la cosa!!! (pero como me gusta contar finales les anexo el texto completo)

Flores Secas

Eso de que las tumbas son pa’ los muertos no es tan cierto en el Cementerio de Petare, necrópolis enterrada en la corta memoria caraqueña y oculta tras unas rejas azul liceo, azul IVSS, ese óleo azul Pinco Pittsburg que empalaga la mitad de las paredes de los edificios públicos del país. Cuesta imaginar que en plena Av. Francisco de Miranda, debajo de túmulos de gamelote y escombros, reposan almas petareñas, y eso de reposar es un eufemismo, pues en ese cementerio vida sobra.
No hace falta un letrero para anunciar que está clausurado. La plaza que lo antecede es la mejor advertencia para no traspasarlo, llena de basura, ropas y zapatos abandonados. Estos calzados criollos, cual flores secas de cementerio, pueden derivarnos a conclusiones delirantes. ¿Profanaciones de tumbas?. Ahí llega al rescate la sabiduría popular y nos recuerda, que al menos en estas tierras, los muertos van descalzo. Ciertamente sería algo grotesco la ascensión al cielo calzada, recurramos a la iconografía sacra donde los ingrávidos seres celestiales levitan a pie pelao.
Pero la especulación sobre los dichosos zapatos, en esta Caracas bolivariana misma, nos lleva a hallazgos más temporales. Desde marzo el Cementerio de Petare refulge, y no gracias a fuegos fatuos ni al espíritu santo, sino a los fogones de los nuevos inquilinos -según relatan los vecinos- donde cocinan sancochos de dudosa procedencia en latas de aceite Vatel.
Es que además de los indigentes habituales, cerca de 100 familias del Barrio San Miguel decidieron ahuyentar a los fantasmas. Invadieron esta tierra consagrada con intención de habitarla, dándole una nueva dignidad a bronces y mármoles mortuorios como material de construcción. Sus ilusiones se enterraron allí mismo, dejaron el pelero y el poco e’ zapatos, tras ser desalojados por la Policía de Sucre. Los fantasmas tuvieron una tregua.
Ante esta noticia, llegaron al lugar un grupo de deudos a rescatar los restos de sus seres queridos. Un héroe anónimo encabezaba la turba con pico y pala en mano y supuestos documentos que lo autorizaban a exhumar. El empuje no bastó, la profesión de sepulturero no era la suya. Prometió volver. A él se le unió la Sra. Flores, dispuesta a todo: “Si no puedo pagar los trámites, me llevo los restos para mi casa, y no me importa que me metan presa porque esa es mi hija”.
Con tanta ebullición esta necrópolis se resiste a engrosar la lista de camposantos enterrados bajo otros destinos urbanísticos, sin necesariamente haberse registrado la mudanza de los cadáveres. Tal es el caso del de los Virulentos y el de los Coléricos, el primero fundado en la Candelaria en 1843 para sepultar a los apestados, hoy tapizado de casas; y el segundo, fosa común cavada en 1855 al fondo del Hospital Vargas, para enterrar rápido y bien hondo a los cuerpos infectados, hoy terreno útil del Hospital.
La amnesia es larga, como relata Manuel Landaeta Rosales, quizás el único cazador de tumbas criollo: “No existe nada escrito sobre los cementerios de los aborígenes del Valle de Caracas, pero es natural que aquellos, a semejanza de los del resto del territorio venezolano, sepultaran los cadáveres en botijones o en el suelo limpio, ya en la tierra llana, ya en los barrancos de los ríos o quebradas o en las faldas de las cerranías (…) Algún día por casualidad, al removerse tierra, podrán encontrarse cementerios…”. En nuestra Caracas abundan tierras llanas, barrancos, ríos, quebradas y cerranías. En nuestra Caracas podría resultar macabro jugar a buscar tesoros.

Andrea Hoare Madrid (abril 2005)

PD: Hoy, según me han dicho, pues hace años que no paso por allí, menos se ve el cementerio. Justo al frente habrían montado la sede de alguna misión. ¡NO ME CONSTA!, pero sea lo que sea si yo fuera ustedes no entraría allí (risas macabras de Vincent Price en el video Thriller)

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